No hay duda de que el juego de ataque de un equipo consigue vitalidad con la movilidad, respira aire con los envíos al espacio y adquiere plenitud con la amplitud. Ya lo dijimos hace algún tiempo: en el mundo de relaciones afectivas que supone el fútbol, hay muchas maneras de vibrar, alguna menos de emocionarse, pero sólo existe una forma de orgasmo colectivo: el gol. Y cuando éste procede de una seducción hacia un costado, un desnudo en la banda y un remate sin pensarlo penetrando por el centro, la explosión tiene difícil comparación. Sin embargo, se observan en el fútbol de hoy dos tendencias llamativas.
Tendencia primera: prescindir de jugadores de banda en el centro del campo. Una tendencia que exportó el fútbol brasileño con el artificio del “cuadrado mágico” y ha sido acogida por un número creciente de estrategas bajo el disfraz del “rombo interior”. Se trata de acumular pivotes y enganches de toques cortos y precisos con fines asociativos. Viene a ser algo así como correr con las manos metidas en los bolsillos; una forma como otra cualquiera de renunciar a jugar por fuera y atascarse.
Tendencia segunda: colocar a los jugadores de banda a pierna cambiada. Esto se le ocurrió a Cruyff, por lo que goza de la legitimidad de un origen sagrado, y parece perseguir un fin loable: que el extremo busque el lado débil del defensa y se facilite el disparo. Viene a ser algo así como correr con los brazos cruzados; una forma como otra cualquiera de alejar a los extremos del costado y atascarse.
En la sociedad del relativismo donde todo se discute, tratar de mantener una idea fija es tan hueco como criticado. No pensé que el fútbol fuera a caer en la tentación de hipotecar desde una fuente indiscutible (Cruyff o el fútbol brasileño) lo más tradicional de su espectáculo. Casi siempre, apegarse a la tradición es la mejor manera de ser moderno. ¿Puede alguien correr con las manos dentro de los bolsillos o con los brazos cruzados? Desde luego, pero en cualquier caso el trote será torpe y el galope desgarbado; una forma como otra cualquiera de optar por algo absurdo.
Tendencia primera: prescindir de jugadores de banda en el centro del campo. Una tendencia que exportó el fútbol brasileño con el artificio del “cuadrado mágico” y ha sido acogida por un número creciente de estrategas bajo el disfraz del “rombo interior”. Se trata de acumular pivotes y enganches de toques cortos y precisos con fines asociativos. Viene a ser algo así como correr con las manos metidas en los bolsillos; una forma como otra cualquiera de renunciar a jugar por fuera y atascarse.
Tendencia segunda: colocar a los jugadores de banda a pierna cambiada. Esto se le ocurrió a Cruyff, por lo que goza de la legitimidad de un origen sagrado, y parece perseguir un fin loable: que el extremo busque el lado débil del defensa y se facilite el disparo. Viene a ser algo así como correr con los brazos cruzados; una forma como otra cualquiera de alejar a los extremos del costado y atascarse.
En la sociedad del relativismo donde todo se discute, tratar de mantener una idea fija es tan hueco como criticado. No pensé que el fútbol fuera a caer en la tentación de hipotecar desde una fuente indiscutible (Cruyff o el fútbol brasileño) lo más tradicional de su espectáculo. Casi siempre, apegarse a la tradición es la mejor manera de ser moderno. ¿Puede alguien correr con las manos dentro de los bolsillos o con los brazos cruzados? Desde luego, pero en cualquier caso el trote será torpe y el galope desgarbado; una forma como otra cualquiera de optar por algo absurdo.

